Conciencia y Destino - Reflexión Casa XI

Quiero compartir esta reflexión de Julian Cardoso Correa en este articulo de Casa XI Sin mas preámbulos:


Titulo Original: “Conciencia y Destino: El Vínculo entre la Psique y el Cosmos (Parte I)”

Por Julian Cardoso Correa

El destino, o sea el modo en cómo se van entrelazando los acontecimientos de nuestra existencia, no es una fuerza externa a nosotros y caprichosa en cuanto a su manifestación, sino más bien, se puede describir como el retorno constante de lo que no se ha comprendido en términos de los significados psíquicos posibles de esos hechos concretos. Para cada acontecimiento, el inconsciente colectivo tiene un conjunto de interpretaciones prediseñadas que simplifican los significados profundos de las experiencias, buscando culpables, enemigos, aliados, si “tuve buena o mala suerte”, etc. Desde la percepción astrológica podemos darle mucha más profundidad y matices a esa lectura. Podemos darnos cuenta que todo hecho de la vida responde a la manifestación o exteriorización concreta de la información que está implicada en el Código Natal. Y que esta, se actualiza sinástrica y sincrónicamente con los demás seres humanos. O sea que por ejemplo, si en la vida me encuentro con una situación intensamente marciana o ariana, como un robo o un accidente, el inconsciente colectivo tenderá a orientar sus interpretaciones hacia identificar quién tuvo la culpa o si eso fue “mala suerte” o a lo sumo hará un juicio sobre mis capacidades para moverme en el mundo. Ahora bien, desde la captación astrológica podremos indagar más profundamente el estado de Marte y Aries en ese Código Natal específico, qué relación mantiene la conciencia-identidad con dicha función, cuán actualizada está y qué posibilidades de manifestación, expresión y vínculo tiene ese ser humano con esa energía.

La relación que tejemos con el destino está directamente ligada, por un lado, a la conciencia que tenemos acerca de cómo nos vinculamos con la realidad de la que participamos por lo tanto a cómo nos relacionamos con los otros seres humanos del entorno, y por otro a la docilidad con la que nos abrimos y nos dejamos transformar por la información que proviene del inconsciente.

Podríamos decir que la inteligencia que nos entreteje busca la comprensión existencial de los hechos de nuestra vida y no meramente la intelectualización de las razones o causas de esos hechos. Esto implica que los significados codificados en los hechos que no hemos integrado profundamente —aquellos que sólo conocemos con la cabeza— regresarán en forma de nuevas experiencias hasta que los incorporemos en nuestro ser como una parte constitutiva y vital, y no simplemente como una adaptación circunstancial a las diferencias (la distinción necesaria entre tolerar lo distinto o aceptarlo).

Para pensar un ejemplo cotidiano, los seres humanos tenemos una comprensión racional clara respecto de que no somos el centro de la realidad, y sin embargo interesarnos espontánea y genuinamente por las necesidades materiales, emocionales, afectivas o intelectuales de otros seres humanos, (incluso aquellos que forman parte de nuestro entorno inmediato, es decir aquellos seres por los que sentimos un gran magnetismo y elegimos para transitar nuestra existencia) es verdaderamente un desafío, es un descentramiento que se vive con cierta tensión y conflicto, no como el resultado inevitablemente lógico de haber tejido nuestra vida con la de otros, e incluso más, la de ser tejidos de vidas que se mueven codestinalmente.

La Ciclicidad del Destino: Patrones y Estructuras

Uno de los rasgos principales del destino es su ciclicidad. Lo que vuelve no es necesariamente una situación idéntica, sino la estructura fractal profunda con la que está diseñada. Desde las interpretaciones habituales del inconsciente colectivo tendemos a pensar el desarrollo del tiempo y de las experiencias de la vida como una línea recta de mejoramiento y perfeccionamiento del pasado, como si el aprendizaje de la vida nos sirviera para no repetir lo que nos ha pasado y no nos gustó. En ésta manera de percibir el tiempo, el pasado quedó atrás y si nos volvemos a encontrar con situaciones que nos conecten con él, es signo de algo negativo y que hay que corregir lo más rápidamente posible. Sin embargo, desde la percepción astrológica estamos invitados a percibir el tiempo y las experiencias de la vida de una manera muy diferente. Pensemos por ejemplo en la imagen del espiral, como un modo más orgánico para captar la lógica implicada en la secuencia de los hechos de la vida y no como una línea recta ascendente. En el espiral del tiempo, cada experiencia respeta una estructura, un ciclo y una secuencia, y está encadenada al despliegue de toda estructura del Código Natal, que nunca deja de ser lo que es. Otra forma de verlo podría ser el modo en cómo va desarrollándose una flor, con varias hileras de pétalos. Una hilera de pétalos sucede a la siguiente, respetando la misma estructura, pero a la vez, nunca es igual. Cada experiencia parece repetir una información pero a medida que se va actualizando en los diferentes contextos y edades de la vida se van desencriptando los significados más profundos y revelando lo específico de cada fase del despliegue del espiralado.

La repetición puede darse tanto en la estructura de mis reacciones, es decir encontrarme reaccionando emocionalmente siempre del mismo modo ante ciertos sucesos, la repetición en un vínculo específico, o sea que se repiten siempre las mismas dinámicas de comunicación-incomunicación en una relación particular, o bien se renueva la trama vincular pero las lógicas de los procesos que se van desencadenando son siempre los mismos, ya sea con parejas, amistades o grupos.

Toda repetición implica un patrón de despliegue, una secuencia lógica específica a partir de la cual podemos percibir y en algunos casos hasta predecir el desarrollo y el desenlace de una experiencia. El despliegue de un Código Natal responde a una lógica profunda en la que los sucesos van respetando un ordenamiento particular. Ésta lógica perceptible en el patrón de despliegue de una experiencia puntual o de una secuencia de ellas, responde tanto al orden implicado del plano vibratorio y energético del Código Natal (visible en los ciclos planetarios, los tránsitos y las Revoluciones Solares), como al orden implicado de las interpretaciones arquetípicas humanas, generadas por las experiencias vividas en el pasado de la especie. Para cada acontecimiento existen un número muy acotado de interpretaciones que si no se han comprendido en su significado específico (singular), esas interpretaciones generarán coreografías arquetípicas, que afectan a todos los seres humanos implicados en la experiencia. Y éstas tenderán a repetirse hasta que la dimensión colectiva de dichas interpretaciones se vuelva consciente y de éste modo se singularice la información presente en esa exteriorización.

La repetición por sufriente que sea, siempre representa un grado de seguridad alto para el psiquismo humano, dado que cuando se encuentra en el tejido de las reacciones arquetípicas, se encuentra contenido en una trama de culpables y aliados, de héroes y enemigos que le da una estabilidad narrativa y por lo tanto lo mantiene dentro de sensaciones que va a poder acordar con cualquier ser humano como sensaciones perfectamente justificadas y justificables. Sentir dentro de la trama arquetípica de sensaciones nos garantiza ciertos derechos y reclamos que están justificados. Sin embargo éstas sensaciones de justicia son parciales y fragmentarias, por lo que chocarán con las vivencias sensoriales del lado complementario de la experiencia (los otros implicados), hasta que éste juego no quede develado y por lo tanto desactivado en sus cargas milenarias, realmente es muy difícil que pase algo diferente.

Si bien es cierto que eventualmente el cuerpo va teniendo ciertas comprensiones que generan alteraciones importantes en la secuencia de despliegue de un patrón arquetípico determinado, lo cual permite alteraciones profundas en las repeticiones de algunas experiencias; si éstos aprendizajes no van acompañados de un proceso de simbolización consciente (como por ejemplo la investigación sensorial de los patrones vibratorios y psíquicos profundos que la astrología nos permite comprender, o un proceso terapéutico serio de resignificación de las vivencias y relatos constitutivos de la identidad) es muy probable que esa modificación y ese aprendizaje se desvanezca con el tiempo. Dado que la interacción con las corrientes colectivas de sensaciones es algo permanente y el cuerpo se encuentra constantemente presionado (tanto desde dentro como desde afuera) por los estímulos y las confirmaciones para la repetición de las sensaciones conocidas. Un ejemplo de ésto sería una persona que a partir de cierta edad y luego de muchas discusiones en la vida comprende lo inconducente de querer tener la razón en una conversación, ya sea porque está agotado de la repetición de los argumentos o porque le duela en el cuerpo ese tipo de tensión, podríamos decir que el cuerpo ha comprendido algo en relación a que ese camino no conduce a la comunicación de las diferencias, y cuando éste cuerpo decide retirarse de las discusiones, aparece el coro colectivo para exigirle que opine, que tome partido por un bando y si no lo hace es porque no se compromete con lo que ocurre. Por eso, si no se simboliza éste proceso y se produce una diferenciación de la conversación colectiva es muy probable que esos comentarios lo vuelvan a enganchar en ese tipo de conversación sin salida.

Por otro lado, en la repetición y el despliegue hay una secuencia lógica del aprendizaje que implica una reiteración inevitable, no sólo por la presión de la matriz arquetípica que pugna por eternizar un modo colectivo de sentir, sino porque además, para que ésta diferenciación singular del sentir pueda llevarse a cabo en un cuerpo concreto, el psiquismo humano debe madurar y estar en una fase de mucha solidez interna respecto de la validación de sus propias percepciones, como para poder bancarse el tsunami de frente que implica recorrer contracorriente el torrente colectivo de interpretaciones (“estoy loco/a”, “siento mal”, “no sirvo para nada”, etc).

Tanto como una semilla tiene contenido todo el desarrollo del árbol hasta el futuro fruto, el patrón de despliegue de una experiencia es la semilla que contiene toda la información en potencia, tanto de lo que va a ocurrir en el sentido de los hechos concretos, como del posible despliegue de sus significados. Aunque la semilla nunca describe la forma definitiva final del árbol-aprendizaje.

Del mismo modo que no podremos saber si el árbol tendrá dos, tres, cuatro troncos principales, o la cantidad precisa de hojas, sí sabemos qué tipo de hojas y frutos dará, en qué épocas y cuáles son las condiciones que necesita para crecer y estar fuerte en cada momento. Para la comprensión del tipo de aprendizaje que los humanos estamos realizando realmente a través de las experiencias, hay un tiempo, un ritmo preciso en el que eso es posible de ser asimilado, una secuencia específica a recorrer.

Las vivencias concretas en la vida de los seres humanos por lógica serán experimentadas en principio, como el surco arquetípico de sensaciones colectivas predice, para que luego de varias repeticiones eventualmente empiece a revelarse lo fragmentario, inexacto y corrupto de ese modo de percibir. Se volverían conscientes entonces las profundas simplificaciones a las que nos sometemos. Y por lo tanto la repetición haría ver lo doloroso que es seguir interpretando el mundo desde ese mismo circuito (amigos, enemigos, aliados, héroes, culpables).

Tarde o temprano para la conciencia ocurrirá una bifurcación perceptiva, o bien continúa experimentando la vida del modo conocido que básicamente es “yo contra el mundo” una perspectiva que siempre está en guerra con el afuera, en amenaza por la escasez de los recursos. O se dispone a cuestionar sus sensaciones binarias porque empieza a percibir un entramado mucho más profundo y complejo.

Si empezamos a mirar con atención cuáles son las sensaciones presentes en el comienzo de una experiencia podremos alinearnos más fácilmente con el aprendizaje que cada situación está trayendo, lo crucial no es si el final de la experiencia coincide o no con nuestro deseo consciente de “éxito”, sino cuánta información necesariamente inconsciente hay en el arranque y por lo tanto, cuánto se puede absorber al final del recorrido.

Por ejemplo, si una persona comienza sus relaciones con un fuerte deseo inconsciente de “salvar” a su pareja, ese es un patrón de despliegue profundamente arquetípico que si no se registra conscientemente, una vez que la persona “haya sido salvada” o bien, dejará de ser atractiva o bien, empezará a cuestionar la estructura del funcionamiento y dinámica de la relación cosa que ponga en cuestión el espíritu de lo que la mantenía “viva”, si no hay allí un proceso activo de parte de ambos para investigar en sus sensaciones para descubrir qué hay más allá del patrón del “salvador/a y el salvado/a” entonces el final está ya jugado. Tanto si ésto se juega desde el lado materno (“salvar al hijo que no puede solo”) o desde el lado sacerdotal (“salvar la doncella que no entiende su propio mundo interno”).

No importa si la relación termina en matrimonio o ruptura; el patrón subyacente de “salvador/salvado” se repetirá en la siguiente relación hasta que la persona se haga consciente de su necesidad de ser el héroe y comprenda cuáles son las consecuencias que eso trae a la relación.

La Imposibilidad de Evitar las Experiencias

Cada vez que comenzamos una experiencia, ésta lo hace de acuerdo a un patrón específico y eso es imparable, es decir, que la excitación va a recorrer ciertos circuitos hasta poder liberarse de la vivencia. Podemos cortar o abortar una experiencia (dejar un trabajo, terminar una relación), pero esto solo garantiza que la próxima situación nos enfrentará al mismo patrón de despliegue.

Las experiencias no se pueden evitar, solo se pueden retrasar relativamente o posponerlas, ya sea para otro momento de la vida, o bien para una generación futura (los hijos, nietos o el linaje, terminan asumiendo esa responsabilidad por lo no reconocido en el pasado: karma).

También se pueden desplazar, traducirlas en el cuerpo a síntomas que irrumpen con esa información (enfermedades, accidentes, robos, situaciones concretas “no deseadas”). O bien, se pueden reprimir, negarlas como propias y proyectarlas en otros seres humanos o sucesos. Por ejemplo, ver solamente como vulnerables, dependientes, necesitados y susceptibles a otras personas de mi entorno cercano en vez de poderlos reconocer como aspectos internos de lo que soy y que en última instancia me llevan a asumir que esas son cualidades de mi propia manera de sentir. O bien un accidente pone de manifiesto todos mis aspectos vulnerables y necesitados por dejarme en una situación de extrema vulnerabilidad y necesitado de mucha ayuda, donde la causa de la vulnerabilidad también queda depositada afuera dificultando la posibilidad de asumir ese modo de la sensibilidad.

Llegados a éste punto podemos reflexionar en dos aspectos fundamentales del funcionamiento de la realidad en lo que respecta al destino. Por un lado, tenemos que reconocer que nunca hay desperdicio. Como la termodinámica afirma, la energía se transforma, no se pierde. Todo lo que sucede tiene una función. No hay “tacho de basura” en el universo, tanto como no hay órganos que sobran en el cuerpo humano, lo que está cumple una función. Por lo tanto, ninguna experiencia está de más, ningún dolor está de más. Y del mismo modo que la basura, “no importa de quién es”, si está en mi campo de existencia, entonces es parte de mi mundo, y de algún modo tengo que ocuparme de ello.

Por otro lado, necesitamos reconocer la estructura cíclica y espiralada de los procesos vitales. La energía, la materia y la existencia se despliegan en espirales. Recorremos una y otra vez el mismo diseño, pero en un nivel (octava musical) de complejidad creciente. La repetición es estructural e inevitable.

La Ilusión y el Vínculo con la Realidad

En el inicio toda experiencia está cargada de inocencia e ingenuidad sobre las consecuencias que ésta pueda implicar.

El propósito profundo de una experiencia no se trata, como habitualmente pensamos, acerca de cómo podemos conseguir que ocurra aquello que deseamos que pase, sino más bien de descubrir el componente inconsciente del deseo que la impulsó. Más que lograr la meta soñada, se trataría de descubrir que las ilusiones del comienzo son el camino hacia la desilusión, y que ésta es la única vía para encontrarnos con la realidad. Y dado que vivimos en un envoltorio de verdades a medias que son los relatos colectivos, éste proceso siempre queda postergado, distorsionado y mal significado el dolor que nos genera. Pues, en lugar de considerar deseable la desilusión, puesto que nos acerca a una realidad más concreta, tendemos a seguir engañándonos y rechazando los hechos capitales de la existencia.

En general, la resistencia que nuestro psiquismo desarrolla a aceptar el despliegue del destino surge de nuestra dificultad para vincularnos con varios aspectos de la realidad tal cual es. Por ejemplo, nuestra participación y el anhelo de pertenencia a la Sociedad nos hace creyentes de las exigencias colectivas de éxito (tener una pareja, tener dinero, lograr un estatus) y la consecuente negación de temas que son fundamentales en la comprensión de la diferencia interindividual como la potencia específica de cada proceso y la específica diferencia perceptiva (entre géneros, individuos y culturas). Todo lo cual impide ver lo importante que es el aprendizaje de la complementariedad con la diferencia y no la comparación con un modelo único al que todos debiéramos parecernos.

El hábito milenario es querer imponer la propia voluntad a la realidad y hacerla coincidir con la imagen mental que nos hemos creado de ella. Los humanos vivimos con el supuesto de que sabemos cómo deberían ser las cosas para que éstas “funcionen bien”, en lugar de aceptar la realidad tal cual y cómo se manifiesta en su complejidad, o por lo menos primero intentar comprenderla y luego, si es necesario, transformarla pero no en función de la voluntad o el confort, sino del vínculo que se va desarrollando con ella, lo que por obvias razones también supone una transformación de los participantes de esa realidad.

La ciega resistencia a los condicionamientos genéticos (altura, color de ojos, pelo, etc.) e instintivos (impulsos, miedos, fobias), que contrastan con los ideales culturales (apariencia física, resistencia, etc.) invisibilizan y dificultan el encuentro con lo que necesitamos realmente para “vivir bien”. Porque incluso la noción de bien se encuentra distorsionada por el Ideal que todos tenemos acerca de cómo “deberían ser las cosas para mí”.

Los condicionamientos del linaje y las tramas familiares, incluido el “karma” específico del lugar y la clase social de nacimiento también distorsionan nuestro vínculo con los impulsos y las razones profundas que nos mueven y muchas veces desconocemos cuán poco genuinas y verdaderas son las motivaciones que nos empujan a vivir alejados de las experiencias que más nos podrían confrontar con lo que realmente somos.

En última instancia lo más difícil de aceptar siempre para el ser humano identificado con el pensamiento es la encarnación, el aceptar el hecho de que somos cuerpo y en tanto que cuerpo y carne, entonces falibles, mortales. La distancia entre entender y encarnar una comprensión (asumirla en el cuerpo y las sensaciones), es siempre una gran confusión. Un gran ejemplo de ello es la resistencia cotidiana al inevitable deterioro físico y la muerte concreta aunque entendamos que esto va a ocurrir.

El hecho de que estas experiencias sean sentidas siempre como un error que podría evitarse o solucionarse, es una pérdida de aprendizaje, dado que por ejemplo la experiencia de la muerte queda pobremente codificada como un momento de la vida que prefiere evitarse, y no como un tiempo de transformación que invita a la reflexión profunda acerca de las raíces del impulso de vivir, cuyo destino inevitable es morir.


Continuara …

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Julian Cardoso Correa, 2026-07-30
~ 16 min de lectura